Mostrando entradas con la etiqueta Comercio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comercio. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de marzo de 2018

La vida en las 7 Calles de Bilbao

De la vida en el Casco Viejo de Bilbao

De lo que las Siete Calles fueron en otros tiempos

El Casco Viejo de Bilbao siempre ha sido un barrio con mucha vida. En él han coexistido calles solo aptas para clases pudientes con otras calles pobladas mayoritariamente por clase obrera, como es el caso de las famosas Siete Calles y aledaños, pero en todas ellas fluía la vida con el entusiasmo propio de los lugares con población. Además, el Casco Viejo ha sido, tradicionalmente, un potente espacio comercial donde, al igual que sucedía con el vecindario, convivían el comercio más lujoso con el más popular y asequible para todos los bolsillos. Del mismo modo, y a la vez como consecuencia de todo ello, la vida de ocio en el barrio era bollante y deslumbrante. Existían establecimientos hosteleros para todos los gustos. Desde las confiterías-pastelerías-cafeterías donde las familias descansaban tras agotadoras jornadas de compras, tomándose un café y degustando los exquisitos manjares de producción propia que en ellos se ofrecían y de los que cada establecimiento tenía un producto estrella.

De lo que son ahora

Casco Viejo de Bilbao

Sin embargo, como comentaba en otro artículo, las cosas están cambiando. En los últimos tiempos se está imponiendo la industria turística de una manera apabullante. Crecen por doquier establecimientos hosteleros sin personalidad propia, idénticos a los que podemos encontrar en cualquier otra ciudad, aunque se pongan careta y se vistan con boina. El comercio tradicional está siendo aniquilado por el crecimiento incontrolado de franquicias y grandes cadenas de distribución. Y el vecindario, otrora chirene y bochero, está en proceso de extinción ante la proliferación de pisos de alquiler, tanto para turistas, como para la inmigración, que no tiene raigambre en el barrio y que cambia su domicilio con relativa frecuencia. Una utilización puramente mercantilista del Casco Viejo de Bilbao, está abocada a llevar al auténtico corazón de Bilbao a la más absoluta de las ruinas. Tal vez consigan convertir a Bilbao en una bonita ciudad de postal para enseñar a los turistas, pero no dejará de ser una ciudad más, sin nada original que ofrecer, ni al foráneo ni al nativo, y muerta.

De lo que serán

Las Siete Calles de Bilbao

En este sentido, si no ofrecemos algo nuestro, genuino y auténtico, no nos engañemos, ni siquiera el turismo será sostenible a largo plazo. A la larga terminará decayendo porque, cuando hacemos turismo, a todos nos gusta ver y catar lo que es propio de cada lugar y si solo encuentras lo mismo que en todas partes, con distinto decorado, el lugar pierde el interés. Sin embargo, aunque como comentaba al hablar de Bilbolandia, de momento, hasta los propios bilbaínos nos hemos creído este Bilbao artificial que se han sacado de la manga, algún día espabilaremos y entonces seremos los primeros en abandonarlo y, para ese día, la cosa ya no tendrá remedio. Las franquicias y grandes cadenas abandonarán el sitio cuando ya no sea rentable y el barrio morirá.

domingo, 18 de febrero de 2018

La tienda ha muerto, viva la compra online

tienda online

La tienda online vs la tienda tradicional

La batalla por el mercado del detail

La tienda online gana la batalla

Navegando por la red, hoy me he encontrado con una página que me ha hecho reflexionar sobre cómo ha cambiado el mundo y, por supuesto, el mercado. Se trata de un blog en el que recomiendan una tienda de Bilbao que conozco de toda la vida, dedicada a la venta de ropa para la casa, y que ahora, por lo visto, también tiene tienda online.

La publicidad del pequeño comercio

Siempre se ha dicho que la mejor propaganda es la que hace un cliente satisfecho con la publicidad que genera entre sus conocidos y allegados y en esta forma de promoción han creído a pies juntillas muchos pequeños comerciantes tradicionales que no han necesitado hacerse publicidad en grandes medios de comunicación para sobrevivir y ganarse la vida honradamente. Sin embargo, cada vez vemos más lonjas vacías en las calles de nuestras ciudades y más y más tiendas que cierran. Pareciera que la vida urbana se va agotando poco a poco, e incluso algunos gurús de la mercadotecnia vaticinan la desaparición del comercio tradicional en muy pocos años.

La tienda tradicional necesita gente en las calles

Lo cierto es que la vida ha cambiado y ya casi ni salimos a pasear por la ciudad para solaz y esparcimiento, y así ver escaparates. Los fines de semana las calles están desiertas y a lo sumo, durante la semana, caminamos por ellas por cuestiones de trabajo, que si no, ni eso. Los fines de semana son para salir fuera de la ciudad, disfrutar de la naturaleza y evadirnos de las preocupaciones cotidianas. Y si no, pues para quedarse en casa y disfrutar de Netflix, HBO, o cualquier otro que sea nuestro proveedor de TV, que para eso lo pagamos ¿no?. También está la alternativa del centro comercial, una nueva ciudad de mentirijillas que nos hemos inventado para hacer las compras necesarias sin mayor molestia y donde podemos soltar a las fieras de casa sin problema. En definitiva, que existen numerosas alternativas de ocio entre las que nunca se encuentra salir a la calle y pasear por la ciudad.  De esta forma, sin salir de casa, encerrados en el trabajo, con prisas en el centro comercial o disfrutando de la naturaleza, casi no conocemos ni al vecino que vive encima de nosotros. En esta tesitura, cada vez es más pequeño nuestro ámbito de relación interpersonal y cada día conocemos menos personas físicamente. Así es muy difícil que el viejo sistema publicitario de la pequeña tienda tradicional surta efecto. Ya no sirve.

Comprar desde casa es muy fácil en la tienda online

Sin embargo, mientras nuestra presencia en las calles disminuye, el tiempo que pasamos en casa, en el trabajo, en el centro comercial, o en la misma naturaleza, atentos al móvil o al ordenador, se ha incrementado exponencialmente, así que, si bien ya no conocemos al vecino del quinto, conocemos virtualmente a un montón de personas que viven a cientos de kilómetros de nosotros e interactuamos con ellas igualmente, así que, en cierta manera, el viejo dicho popular sigue estando vigente, aunque ya no tenga cara.

domingo, 28 de enero de 2018

Bilbolandia, esa ciudad

Una ciudad llamada Bilbolandia

El turismo espectáculo

Bilbao para turistas

Bilbao está de moda y aparece entre los destinos turísticos predilectos de las agencias de viajes de medio mundo y, ya se sabe, en río revuelto, ganancia de pescadores. No sé si una ciudad puede acumular suficientes atractivos en su vida cotidiana como para que el turista, ávido de novedades, vea cubiertas sus necesidades, pero, qué narices, si no las hay, las creamos.

Bilbolandia era necesario

Bilbao ha sido tradicionalmente una ciudad anodina, sin grandes atractivos turísticos y, la verdad, hasta la llegada del Guggenheim, resultaba bastante extraordinario encontrarse con turistas por sus calles a pesar de tener, ya entonces, uno de los mejores museos de arte de la Península Ibérica, el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Pero es que hay que tener en cuenta que al turismo de masas de hoy en día no le interesa demasiado el arte, le interesa, sobre todo, el espectáculo y de eso no teníamos.
Con el Guggenheim llegó el espectáculo a la villa pero, claro, con un museo no es suficiente para generar la afluencia de público que necesita una ciudad como Bilbao, así que era necesario aportar nuevas sinergias que se sumaran al potente tirón de la pinacoteca y se creó Bilbolandia, una ciudad de ensueño, fantasía y glamour para gozo y disfrute de sus visitantes. Y, cómo no, uno de los activos fundamentales de Bilbao está en su Casco Viejo, así que era necesario sacarle rendimiento y, por lo tanto, aunque tengamos que tergiversar un poco las cosas para darle un ambiente más cool, ya que el auténtico no vende, no hay problema, porque los expertos en marketing son capaces de eso y de mucho más. Bilbolandia ya está preparado para salir al mundo.

Los bilbaínos amamos Bilbolandia

Bilbolandia no es una ciudad real. Como cualquier Landia que se precie, es una ciudad inventada, de mentirijillas. Y lo más triste de todo esto es que nos la hemos creído hasta los propios bilbaínos que, ahora, vamos de pinchos a La Plaza Nueva, cuando nunca ha sido, ni siquiera, una zona de chiquiteo. Y es que el poteo, en los tiempos en que era una actividad frecuente entre bilbaínos, se realizaba entre tascas, donde los pinchos brillaban por su ausencia pero, no importa, nos gusta y con eso ya vale. También solemos decir que hemos estado paseando por Las Siete Calles, cuando ni siquiera hemos puesto nuestros pies en ninguna de ellas y si alguna vez se nos ocurre adentrarnos por su intrincado laberinto, nos perdemos. Pero nada de esto importa mientras seamos felices, aunque no comamos perdices.

Querer Bilbao es otra cosa

Seguramente, esto mismo sucederá en la mayoría de destinos turísticos punteros, pero a los que presumimos de amar nuestro bocho nos duele mucho este Bilbao de pandereta, pensado y diseñado para el turismo, mientras la vida en la ciudad y sus barrios está cada día más apagada y triste.
El mercado funciona así, amigo mío.

lunes, 24 de julio de 2017

No permitas que nadie te toque los...narices


En el programa de la SER, BuenaVida de Marta Nebot, trataron el otro día el tema de por qué nos dejamos "tocar los huevos" en las tiendas de lujo, ya que parece ser que, según concienzudos estudios, el consumidor compra más cuanto peor le tratan los dependientes que le atienden. No sé si incluyen a ciertos baratillos dentro del epíteto "de lujo", pero. desde luego, emplean la misma técnica de marketing que los comercios de alto standing. Seguramente, y aunque la técnica sicológica de venta sea la misma, no vaya dirigida a explotar la misma debilidad del consumidor, aunque el objetivo final sea el mismo: quedarse con nuestro dinero.
Hablaban en el programa de un posible "consumo masoquista", pero no creo que se trate precisamente del gusto por el sufrimiento lo que incentiva a la compra en estos comercios, tanto como la satisfacción de demostrar al otro que se ha equivocado de persona: Yo no soy ése que tú te imaginas.
En el caso de la tienda de lujo, se trata de demostrar que no sólo soy capaz de comprar cualquier cosa en el establecimiento, sino que, además, me llevo la más cara.
En el caso de la tienda de baratillo con glamour, de lo que se trata es de hacer sentir al cliente como una piltrafilla, sin gusto ni cuerpo para lucir las exclusivas prendas que te hacen el favor de enseñar. Por supuesto, el objetivo del cliente será demostrarle que tiene un cuerpo muy digno y un gusto exquisito, aunque poca pasta.
En definitiva, parece que, en ambos casos, lo que se pretende conseguir es hacer sentir al cliente como una basura, en un caso incapaz de poder pagar los precios prohibitivos de la selecta tienda de turno o, en otro, hacerle sentir como un inútil redomado que no sabe elegir la ropa apropiada para su pobre cuerpo inservible.
Son las cosas del Mercado Conceptual.
En el mismo programa, en un apartado diferente, entrevistaron a Carles Francino, locutor de la misma cadena de radio. Le preguntaron sobre las cosas que le hacían feliz y tras una serie de lugares comunes, dijo: "y que nadie me toque los cojones".
Pues bien, estoy completamente de acuerdo con el periodista y, por lo tanto, para ser feliz, no dejaré que nadie me toque los cojones. Compraré donde me traten con dignidad y respeto ¿y tú?

lunes, 19 de junio de 2017

El mercado conceptual


Al igual que en el Arte Conceptual la obra cede todo su valor a las ideas que provoca, en el mercado conceptual, los objetos, bienes y servicios dejan de tener valor en si mismos y lo ceden a las ideas, sentimientos y conceptos que son capaces de generar.
Tradicionalmente, las mercancías adquirían su valor en la medida que satisfacían necesidades perentorias, o no, en función de la cantidad de mano de obra que acumulaban en su proceso de manufactura. Sin embargo, en la actualidad, y a través de un proceso paulatino de degeneración en el seno de las sociedades de consumo, cuyo primer paradigma bien pudiera ser la Coca Cola, los bienes y servicios pierden su valor como tales. Ya no se demandan para cubrir necesidades, sino en la medida que son capaces de generar satisfacción mental y/o sentimental a los consumidores.
No es lo mismo tomarse una Coca Cola en un bar de barrio que en un local de moda. El artículo es el mismo, pero no produce la misma sensación de felicidad y armonía con el mundo. Tampoco cuesta lo mismo.
Algo similar sucede con la ropa, aunque el fenómeno sea menos transparente. Antes, sobre todo las mujeres, eran capaces de valorar la calidad de un tejido, el corte y la confección de una prenda, etc... y estos eran los aspectos fundamentales en la elección de compra, junto al precio. En la actualidad se valora, principalmente, la capacidad de la prenda para proporcionarnos sensaciones placenteras, como, por ejemplo, hacernos sentir miembros admitidos en un status social al que creemos o queremos pertenecer. En este sentido, el momento de adquisición del producto también forma parte de este proceso de acumulación de valor. Al igual que con la Coca Cola, el valor del artículo varía en función del local comercial y el modo en que se adquiere. La compra debe ser una experiencia que nos proporcione satisfacción per se y no en función de los beneficios que el artículo comprado nos proporcione.
Otro tanto podría decirse del mercado alimentario, en el que ya no basta con que un artículo nos alimente y deleite, sino que, además, debe hacernos sentir que proporciona beneficios extraordinarios para nuestra salud, aunque estemos sanos, y no sea tan beneficioso.
Se podría seguir enumerando ejemplos: los coches, electrodomésticos, teléfonos, etc...pero creo que el concepto está esbozado. El Mercado Conceptual vende sensaciones, no productos. La cuestión está en cómo evolucionará después de la crisis, cuando termine, si alguna vez lo hace...

miércoles, 1 de marzo de 2017

Frutero se fusiona con Mercadona y se convierte en rico hacendado


Todo sucedió en una gélida y desapacible tarde de invierno. Cándido Pardillo paseaba por las solitarias y oscuras calles de su ciudad, absorto en sus pensamientos, sin ser consciente de lo que estaba a punto de suceder, algo que cambiaría su vida de una forma radical e irreversible.
Sus pasos, errantes, le conducirían fatalmente al encuentro con su destino, un destino que ni siquiera podía imaginar pero que, inexorable, le estaba esperando al otro lado de la puerta.
Entró sin demasiada convicción, siguiendo el rumbo que, al azar, le iban marcando sus piernas. Su mirada, perdida, saltaba de un lugar a otro sin que nada de lo que veían sus ojos fuera capaz de llamar su atención o provocar su interés. Sin embargo, súbitamente, como un rayo en una noche de tormenta, sin previo aviso, algo que llevaba tiempo agazapado en su interior estalló como la traca final de unos fuegos artificiales: Acababa de descubrir el sentido de su vida. Su corazón palpitaba acelerado y todo aquello que le rodeaba tenía ahora un nuevo significado.
Aquellas lechugas iceberg que, embaladas de forma tan escrupulosa y aséptica, esperaban amorosamente desde la balda al cliente, aquellos tomates cherry, tan redonditos y colorados, y tan primorosamente alineados en su cestita, aquellas manzanas, peras, albaricoques y melones. Las patatas, los pepinos, las calabazas y las coles. Todos ellos se confabularon para proporcionar a Cándido que, por si no lo he dicho todavía, regentaba una frutería, una nueva meta vital.
El afortunado frutero comprendió, en aquel crucial instante, que lo que realmente quería en esta vida era hacerse rico, muy rico, mucho muy rico...Y entonces entendió que la mejor manera para conseguirlo sería la de alcanzar una simbiosis total con aquel supermercado de éxito al que el azar le había conducido. Debería conseguir una fusión total entre su frutería y aquel supermercado urbano tan eficiente.
Colocaría los productos más demandados de su tienda en la zona más inaccesible de su local. Tendría mucho más cuidado en mantener unas colas suficientes en caja para motivar. Compraría carritos de esos que siempre se van hacia la izquierda. También  adquiriría un buen lote de parcelas de garaje y las pondría a disposición de sus clientes. En fin y en definitiva, que el hombre, con todas estas innovaciones y algunas más, se forró y se convirtió, como ya se indicaba en el título, en un rico hacendado.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Así te tima la prensa: Escandaloso artículo en El Confidencial


Así te tima el frutero o el pescadero: en el 21% de las tiendas madrileñas la báscula pesa mal

La Comunidad de Madrid realiza pocas inspecciones, solo 144 el último año. Un técnico explica a El Confidencial los trucos de los pequeños comerciantes


Cuando uno lee un titular así, es normal que, al menos, adquiera cierta desconfianza hacia el tendero que le sirve la fruta, la carne o el pescado desde hace años: ¡Caramba con Pepe! Y parecía tonto...
El artículo de prensa comienza con dos parrafos antológicos, donde se nos advierte de las terribles consecuencias del timo en cuestión, que puede alcanzar proporciones descomunales si hacemos los números pertinentes: miles de transacciones al día, toneladas y toneladas de alimentos, miles de establecimientos... Vaya, todo un entramado mafioso dispuesto a engañar al pobre e inocente consumidor. Bueno, al menos sí que dice que la muestra de donde obtiene la información es un poco pequeña (no sabemos si también sesgada), aunque esto no parece importarle a la hora de extrapolar los datos. 
Sin embargo, al contrario que en el titular, en el resto del artículo no dice nada acerca de cuántos fruteros o pescaderos timan a sus clientes. Sólo habla de irregularidades que, como cualquiera entiende, son normales, como el mismo redactor reconoce, aunque eso sí, refiriéndose siempre a los inmaculados y ejemplares "grandes centros comerciales": "si hay alguna anomalía, es que la balanza está mal ajustada por su continuo uso, no porque esté manipulada a posta". Al parecer, las anomalías son exclusivas de las grandes superficies, los demás, porque lo dice él, son manipuladores.
Así, de esta manera, hemos pasado de la insinuación de que un 21% de los pequeños comerciantes de alimentación "timan" a sus clientes, a la conclusión de que un 21% de la muestra de 144 pequeños comercios presenta irregularidades en su sistema de pesaje. No sabemos si graves, leves o insignificantes, porque no lo explica. Sin embargo, nos explica muy bien cómo y de qué manera nos está timando el pescadero o frutero, a pesar de todas las inspecciones, verificaciones y precintados de las básculas.
Pero te estarás preguntando ¿cuáles son las fuentes de información de este periodista?. Pues muy fácil, un tal "José María (nombre ficticio)" que tiene una gran experiencia en el sector y que, al parecer, oculta su verdadera identidad por temor a las posibles represalias de un sector tan conflictivo como el de la venta minorista de productos de alimentación. Un experto que suelta frases como ésta: "estamos en España, con eso te lo digo todo". Y a la vista del artículo, le doy la razón.
Por cierto, ahora me explico por qué tanto tendero madrileño vive en La Moraleja, mientras los dueños de grandes superficies son carne de barrio. Así, poco a poco, timando y timando, mira dónde han llegado.
Y para terminar, una duda: ¿estos artículos son fruto de la libérrima labor investigadora de los periodistas o están patrocinados?

jueves, 21 de julio de 2016

El cliente, un tesoro o un pagafantas


Se habla mucho de las necesidades de recicleje que tenemos los comerciantes educados a la vieja usanza. Te invitan a cienes y cienes de cursillos de marketing, e-commerce, branding, merchandising, fidelización, etc... Y no seré yo quien vaya a discutir la importancia de una formación continua para todas las profesiones, incluída la mía. El mundo cambia a tal velocidad que quien no esté minimamente al tanto de cómo funciona, terminará por quedarse fuera de él. Sin embargo, tengo la impresión de que no nos lo explican todo...
A mí me gustaría saber qué clase de tipo de mercadotecnia es el que aplican las compañías de telefonía. Parece una regla básica de cualquier estrategia mercantil la de intentar fidelizar al cliente. Es una intención antigua, vale, pero no consigo aceptar que esté obsoleta o desfasada. Y sin embargo, a las telefónicas les resbala totalmente, por lo que debe de existir algún secreto inconfesable que guardan celosamente, porque lo que es indudable es que les va bien. A las compañías, digo.
Lo clásico siempre ha sido intentar beneficiar al buen cliente, aunque solo fuera por agradecer su lealtad. Hubo tiempos en que, cuando iban a salir ofertas, incluso se avisaba a los clientes más fieles para que fueran los primeros en aprovechar los descuentos y así pudieran elegir entre un stock más amplio que el cliente ocasional. Pero bueno, esto es de cuando las ofertas y rebajas eran de verdad.
Pues bien, las compañías de telefonía actúan en dirección totalmente contraria. Si ya eres cliente no puedes acogerte a las mejores ofertas. Están reservadas para clientes nuevos. En definitiva, están primando que el consumidor cambie y cambie de compañía hasta encontrar alguna que le trate bien. Y lo más curioso es que esto nunca ocurre, aunque siguen forrándose. Las compañías de telefonía, digo.
Así que, cuando uno lleva cuarenta años como cliente de la misma empresa, tiene un terrible complejo de pagafantas. Y lo es.

domingo, 22 de mayo de 2016

Descuentos de risa

El otro día, una amiga, colega de profesión, preguntaba en Facebook acerca de nuestra opinión sobre la última tendencia de marketing que consiste en ofrecer descuentos astronómicos. Más concretamente, preguntaba si nos parecían reales o ficticios.
En general, las respuestas coincidían en apuntar que son un engaño, pero como siempre hay opiniones para todos los gustos, una de las foreras pensaba que, al menos un comercio, conocido por todos, pero que nadie cita, sí que ofrecía estos descuentos reales, e incluso ofrecía una explicación para hacerlo más verosímil a cualquiera:
Marca que no cito "si hace esos descuentos reales, lo que pasa que el descuento lo asumen las marcas. Y lo pueden asumir gracias a haber vendido con mucho más margen a precio completo. Y lo del 70 suelen ser prendas de temporadas anteriores que las vuelven a meter en tienda. Si en algún caso se ha engordado el precio para aparentar rebajas eso es denunciable pero vamos que si conoces el producto sabes su rango de precio"
Y le contestaban:
"A lo que me refiero es que los precios se inflan enormemente de antemano. Está claro."
A lo que respondía:
No se hace eso como norma. Igual una tienda pequeña cuela pero un sitio grande no puede actuar así"
Respetando todas las opiniones, me resulta incomprensible que alguien pueda pensar de este modo. Precisamente, porque siempre he pensado que solo grandes superficies pueden ofrecer descuentos y promociones de este tipo, porque son incontrolables. En primer lugar, son incontrolables para el cliente porque no puede hacer un seguimiento prenda a prenda de las existencias, ya que en la mayoría de las ocasiones tienen una intensa volatilidad. Y en segundo lugar, porque les es muy fácil respetar la normativa y, al mismo tiempo, engordar los precios para posteriormente hacerles un descuento estratosférico. Los precios son libres y no están sujetos a ninguna normativa.
Por otro lado, el pequeño comercio, que vive de una clientela más o menos cerrada, tiene sus artículos perfectamente controlados por los consumidores, por lo que difícilmente puede engordar sus precios sin delatarse.
No voy a pontificar sobre si las grandes superficies aplican, o no, estas políticas comerciales, pero de lo que sí estoy seguro es de que lo tienen mucho más fácil que el comercio local para hacerlo. Y el que pone la tentación, pone el peligro.
En definitiva, que no comprendo cómo se puede mantener una confianza mayor en las grandes superficies comerciales que en el pequeño comercio, como no sea que nos deslumbremos con su gigantismo o que pensemos que es cierto el viejo adagio popular que dice que "la mierda es buena porque millones de moscas no pueden equivocarse". Y tan felices.

domingo, 15 de mayo de 2016

Total, para lo que es, que sea barato

Esta es una frase que los comerciantes hemos oído centenares de veces y siempre vinculada a la elección, entre varias alternativas, del artículo más barato; o bien como frase hecha, utilizada para expresar su desagrado por el precio del artículo que le ofreces, demasiado elevado para el uso que se le va a dar que, curiosamente, es el mismo para el que está hecho.
Y yo me pregunto por qué extraño sortilegio las propias utilidades inherentes a las características de cada mercadería, sin dejar de tener el valor de uso para el que fueron creadas, les proporcionan, al mismo tiempo, un valor monetario menor. Vaya lío.
"Muy buenas, quiero unos paños de cocina baratos, que total son para la cocina"
Y digo yo: pues claro, para qué vas a querer un paño de cocina; que podría ser que lo quisiera para otra cosa, y entonces la frase tendría más sentido. Si hasta el propio nombre lo indica...¿qué parte de paño de cocina no se entiende?
¿Acaso no es un sin sentido argumentar que se quiere un paño de cocina barato porque se va a usar para el único fin para el que fue creado?
Es como si alguien pidiera un paraguas barato porque solo lo va a usar cuando llueva. A nadie se le ocurriría argumentar semejante tontería...¿o si?
Pues sí, puedo asegurar y aseguro que a mucha gente.
En fin, que no somos nada.

domingo, 8 de mayo de 2016

La sufrida vida del tendero o que te cuelen un billete de 30 €

El dicho popular de "Eres más falso que un billete de 30 €" parece que no es demasiado conocido en Alemania. Según todos los indicios y a pesar de la fuerte emigración española al país germano, aún no hemos conseguido exportar el refranero, al menos en su totalidad o las versiones más modernas, que el euro tiene dos días. Tampoco la masiva afluencia de turistas alemanes a nuestras tierras ha conseguido imbuirles de nuestro más que considerable acervo cultural en lo tocante a picaresca. Y es que como se pasan el día hablando entre ellos en lengua bárbara y tomando cerveza, pues no se coscan de nada ¡¡¡cuánto tienen que aprender!!!
En fin, pues que la cosa es que, al parecer, un señor alemán, de esos de verdad, de Alemania, se encontró, en vaya usted a saber qué recóndito lugar, unos cuantos billetes de 30 € (no podemos decir cuántos ni que fueran falsificados, ya que falsificar es copiar con ánimo de que no se distinga el original del camelo). Sorprendido y apabullado ante semejante descubrimiento, decidió guardarse uno en el bolsillo para enseñárselo a su amante y diligente esposa, supongo que con el ánimo de que ella también se sorprendiera y apabullara y, seguramente, porque se temía que ella no iba a darle crédito. Digo crédito de creer, no del de prestar la pasta con usura.
Y hete aquí que el buen paisano, al parecer escaso de provisiones, decidió parar en un estanco, que no sé si se les llama así en tierras del septentrión, y comprar unas pocas cajetillas de tabaco, que es a lo que íbamos. Pues bien, lo sorprendente no es que, con intención o de forma inocente, el cliente ofreciese a la estanquera el simulado medio de pago, lo sorprendente es que la tendera lo aceptase y devolviera el cambio por el valor nominal del mismo.
Lo más sangrante de todo este extraordinario suceso es que, aunque no otorguemos un alto grado intelectual al pueblo germano, seguramente confundidos e influenciados por el paupérrimo nivel de sus representantes políticos, los tenderos siempre hemos gozado de un alto grado de perspicacia y entendimiento en lo tocante al monetario. Estoy convencido de que ha de existir alguna explicación convincente que justifique un comportamiento tan indigno de la noble profesión mercantil.
Solo espero que este lamentable sucedido no empañe la fama y el prestigio adquiridos por el noble arte del comercio, con el esfuerzo, la dedicación y el empeño de cientos de generaciones dedicadas al oficio.
Y para que nadie piense que esto es cosa de invención, dejo aquí el enlace a la noticia por si fuera de interés:

Se encuentra un billete de 30 euros, paga con él y le devuelven el cambio